El dato reabrió el debate sobre las dificultades que atraviesan los estudiantes y, especialmente, sobre las formas en que se desarrolla el aprendizaje dentro y fuera del aula. Una especialista en educación consideró que el resultado no debería resultar inesperado, ya que, a su entender, las señales de deterioro educativo se vienen acumulando desde hace años.
La evaluación internacional, planteó, no debería analizarse únicamente como una medición del rendimiento de los alumnos, sino como una oportunidad para revisar el funcionamiento general del sistema educativo. En ese análisis incluyó las condiciones en las que trabajan los docentes, las trayectorias escolares y los métodos utilizados para enseñar.
Uno de los principales problemas señalados es la acumulación de dificultades desde los primeros años de escolaridad. Cuando determinados aprendizajes no se consolidan en las etapas iniciales, resulta cada vez más complejo compensarlos posteriormente.
También existe una diferencia entre el enfoque de PISA y el de algunas evaluaciones educativas locales. Mientras estas últimas suelen concentrarse en contenidos determinados, las pruebas internacionales buscan medir en buena medida la capacidad de los estudiantes para utilizar los conocimientos adquiridos y resolver situaciones concretas.
En ese sentido, el debate apunta no solo a qué aprenden los alumnos, sino también a cómo lo hacen. A las dificultades tradicionales se suma actualmente el impacto de las nuevas tecnologías y, en particular, de la inteligencia artificial, que plantea interrogantes sobre la capacidad de los estudiantes para desarrollar procesos propios de análisis y pensamiento.
Otro de los factores observados es el clima dentro del aula. Las dificultades para mantener el orden, el ruido y las interrupciones pueden afectar la concentración y, por lo tanto, el proceso de aprendizaje. A esto se agrega una menor frecuencia de lectura por placer y una reducción de los hábitos de estudio.
El uso permanente del teléfono celular aparece como otro elemento que puede afectar la atención. Cada interrupción obliga al estudiante a reconstruir nuevamente el foco sobre la tarea, mientras que la sobreestimulación puede dificultar la concentración sostenida.
Frente a este escenario, se plantea la necesidad de revisar las estrategias tradicionales de enseñanza y adaptarlas a las características actuales de los estudiantes. La discusión no implica considerar a las nuevas generaciones mejores o peores que las anteriores, sino reconocer que las condiciones en las que aprenden son diferentes.
Entre las propuestas aparece la recuperación de pautas vinculadas con el orden, la disciplina y los hábitos de estudio. El planteo apunta a establecer límites sin confundirlos con prácticas autoritarias, y a recuperar el respeto por la tarea docente y por el espacio educativo, con participación también de las familias.
La necesidad de fortalecer los contenidos y los procesos de aprendizaje ocupa otro lugar central. La facilidad para acceder a resúmenes y respuestas en internet puede reducir el esfuerzo que demanda leer, escribir, estudiar y elaborar una respuesta propia. Por eso, se propone generar nuevamente hábitos de estudio que permitan a los alumnos desarrollar autonomía.
Dentro del trabajo cotidiano en las escuelas también se plantea recuperar herramientas como la exposición oral, la escritura, la elaboración de borradores y la revisión de los trabajos. El objetivo es que esas prácticas se incorporen progresivamente y no se intenten desarrollar recién en los últimos años del secundario.
El planteo apunta, en definitiva, a construir aulas en las que los estudiantes puedan pensar y, al mismo tiempo, mantener niveles adecuados de exigencia. El esfuerzo, el compromiso y la responsabilidad son considerados componentes necesarios del proceso educativo, incluso cuando las tareas propuestas no resulten atractivas para los alumnos.
El análisis también advierte que las dificultades no pueden atribuirse exclusivamente a los docentes. La escuela debe ser entendida como un sistema en el que intervienen distintos actores: los maestros y profesores, los equipos directivos, las familias y los propios estudiantes.
En ese esquema, permitir que un alumno avance de año sin haber incorporado los conocimientos necesarios puede generar nuevas dificultades en el ciclo siguiente y hacer más complejo el trabajo de enseñanza.
Los resultados de PISA 2025 vuelven así a instalar una discusión que excede el puesto obtenido por la Argentina. El desafío planteado es recuperar aprendizajes, fortalecer los hábitos de estudio y garantizar condiciones que permitan desarrollar una enseñanza con mayores niveles de concentración, esfuerzo y rigor, entendiendo a la educación como un derecho que debe ser protegido.

















