La dimensión que genera una valoración más baja es la economía personal, lo que era de esperar, mientras que los vínculos familiares y las amistades se destacan como los principales pilares de la satisfacción actual.
Estos resultados forman parte del Índice de Bienestar UdeSA-OSDE, desarrollado por el Laboratorio Observatorio de Opinión Pública de la Universidad de San Andrés. En septiembre, el índice se situó en 3,34 puntos sobre una escala del 1 al 5, lo que representa una leve disminución de 0,02 puntos con respecto a agosto. Desde marzo, esta medición ha oscilado dentro de un rango bastante ajustado, que va de 3,29 a 3,38, sin registrar variaciones significativas.
El relevamiento se llevó a cabo entre el 3 y el 9 de septiembre, abarcando a 1.000 adultos mayores de 18 años con acceso a internet, utilizando una muestra estratificada según región, género, edad y nivel socioeconómico.
El índice se propone medir la calidad de vida percibida a partir de diez dimensiones: la situación económica, la laboral, los vínculos sociales, la relación familiar o de convivencia, la salud física, la salud mental, el tiempo libre, la vivienda, la formación y el propósito de vida. Cada uno de estos aspectos se califica en una escala de 1 a 5, donde 1 significa “muy insatisfecho” y 5 “muy satisfecho”.
“Los estudios sobre la felicidad, que abordan quién es feliz y quién no, son complicados de evaluar. No obstante, tienen que ver con la percepción que la gente tiene de su situación y cuán satisfecha está con su vida. Existen múltiples dimensiones que influyen en el bienestar de una persona”, explica Diego Reynoso, director del Laboratorio Observatorio de Opinión Pública de la Universidad de San Andrés.
“La medida en que ciertos hábitos, como hacer ejercicio, dormir bien, comer de forma saludable o asistir a terapia, impactan en esas diversas dimensiones del bienestar es clave”, añade.
A nivel general, el estudio revela estabilidad. Sin embargo, desagregando los promedios emergen diferencias notables.
La variación más significativa se observa en función del nivel socioeconómico: el segmento ABC1 alcanzó un puntaje de 3,74, mientras que el grupo de menor poder adquisitivo registró 3,20. Los estratos intermedios se sitúan en 3,58 y 3,48, respectivamente.
Los datos también muestran diferencias intergeneracionales. Los boomers, o adultos mayores, alcanzan 3,66 puntos, en contraposición a la generación de los millennials, que presenta el puntaje más bajo, con 3,15. La Generación X se posiciona en 3,48, mientras que la Generación Z alcanza 3,34.
Reynoso señala que estas diferencias no deben atribuirse automáticamente a una sola característica. “Es un fenómeno multidimensional. Probablemente no se trata únicamente de ser boomers, sino de las diversas variables involucradas”, señala el entrevistado. Opina sobre la pesimista perspectiva de los jóvenes en comparación con los adultos mayores: “Los boomers están comenzando a jubilarse, lo que puede llevar a un cambio en la percepción. Creo que los jóvenes tienen expectativas más altas. Los adultos mayores, probablemente, valoran encuentros sociales más modestos, como reunirse dos veces a la semana, mientras que los jóvenes pueden juntarse a diario y aún así sentirse insatisfechos”.
Además, sostiene que “los jóvenes experimentan más incertidumbre acerca del futuro. En el caso de los boomers, ya han superado muchas de esas inquietudes”. El propio informe refleja que en septiembre, los boomers obtuvieron una puntuación inferior respecto de agosto, mientras que la Generación Z alcanzó su mejor resultado en términos de bienestar durante el periodo de análisis.
El análisis de las diez dimensiones revela que la situación económica personal es la que arroja el menor nivel de satisfacción, con 2,48 puntos sobre 5. La situación laboral o la actividad principal registran 2,85 puntos. En el otro extremo, los vínculos personales destacan; la relación con el grupo familiar o las personas con las que se conviven obtiene 3,93 puntos, mientras que las relaciones con amigos y el círculo social alcanzan 3,72.
También se observan puntuaciones relativamente altas en relación con la formación, los estudios y el aprendizaje continuo, que tienen un puntaje de 3,59; la vivienda, que alcanza 3,49; y la salud mental y el equilibrio emocional, con un puntaje de 3,37.
“El principal indicador que impulsa el índice hacia arriba son los vínculos, específicamente la relación con el grupo familiar y los amigos”, destaca Reynoso. Subraya que esta tendencia es particularmente característica de los argentinos en comparación con otros países.
La economía, en consecuencia, se presenta como la prioridad principal cuando se consulta sobre las tres áreas más relevantes para el bienestar personal. La salud física y la salud mental, así como el equilibrio emocional, ocupan el segundo y tercer lugar en importancia.
En la evaluación global de la vida, se observa un escenario dividido: 40% de los encuestados afirma estar satisfecho con la situación actual, mientras que un 39% se declara insatisfecho, lo que indica un empate en las percepciones.
El estudio también muestra una clara diferencia entre quienes sostienen encuentros presenciales con amigos o familiares y quienes no lo hacen. “Las personas que se reúnen frecuentemente con amigos, dos o tres veces por semana, experimentan mayor bienestar. En contraposición, aquellos que se sienten solos tienen los niveles más bajos de bienestar. La familia y los amigos son cruciales para alcanzar esos niveles de satisfacción”, sostiene Reynoso.
Los que mantienen encuentros sociales regulares, es decir, dos o tres veces por semana, logran un índice de bienestar de 3,66 puntos, mientras que quienes nunca se reúnen apenas alcanzan 2,95.
La relación también se evidenció a partir de las emociones. Aquellos que afirmaron haberse sentido solos el día anterior a las 10 preguntas del estudio presentaron un bienestar promedio de 2,98, en comparación con un puntaje de 3,53 entre quienes se sintieron tratados con respeto. La tristeza también mostró una disparidad notable: los que la experimentaron recibieron un 2,90, mientras que quienes reportaron haber sentido disfrute o alegría llegaron a 3,61.
Entre los hábitos evaluados, la alimentación presenta la brecha más amplia. Aquellos que consideran que su alimentación es muy saludable registran un bienestar de 3,80 puntos, mientras que los que no consideran su dieta saludable apenas logran un 2,62, resultando en una diferencia de 1,18 puntos.
“Una alimentación saludable eleva el bienestar en el índice hasta 3,80. En cambio, una dieta poco saludable se asocia a niveles de bienestar muy bajos. Comer bien puede ser un consejo útil para mejorar el bienestar de las personas”, plantea Reynoso.
La calidad del sueño también se asocia con una sensación de mayor bienestar. Entre quienes duermen menos de seis horas durante la semana, el índice se reduce a 2,97, mientras que aquellos que logran dormir ocho horas alcanzan 3,40, y quienes superan esa cantidad alcanzan 3,43.
Durante el fin de semana, las variaciones son aún más marcadas: quienes duermen menos de seis horas registran 2,77 puntos, en contraste con los 3,42 de quienes descansan más de ocho horas.
Situaciones similares se presentan en relación con la actividad física. Aquellos que realizan ejercicio entre tres y cuatro veces por semana obtienen 3,65 puntos, mientras que quienes no se ejercitan tanto alcanzan solo 2,95.
El contacto con la naturaleza también muestra diferencias significativas. Pasar tiempo al aire libre a diario está asociado a un índice de 3,69, mientras que quienes casi nunca lo hacen obtienen solo 2,92. “El contacto con el verde, al igual que reunirse con amigos, favorece el bienestar”, concluye Reynoso.
El estudio también abarca hábitos relacionados con el uso de tecnología. Menos de seis horas de exposición diaria están vinculadas a niveles saludables de bienestar, mientras que el exceso de uso se relaciona con una caída crítica a un 3,07 en el bienestar.
El informe evalúa además el tabaquismo, el consumo de alcohol, la terapia, la meditación o la oración, los chequeos médicos, y los vínculos íntimos. En todos estos aspectos se encuentran diferencias entre grupos. Por ejemplo, quienes nunca han fumado reportan un bienestar de 3,37 puntos, en comparación con los 3,20 de quienes fuman diariamente.
En relación a la terapia, quienes la realizan ocasionalmente tienen un índice de 3,17, mientras que quienes nunca han asistido alcanzan 3,39. Estos resultados nuevamente describen asociaciones entre determinados hábitos o situaciones y el bienestar reportado, aunque no permiten concluir que uno sea necesariamente la causa del otro, un aspecto que se enfatiza repetidamente en el estudio.
En el promedio general no se evidencian diferencias entre hombres y mujeres: los varones presentan 3,38 puntos y las mujeres 3,36, con una diferencia de apenas 0,02 en cuanto al bienestar. Sin embargo, en términos de evolución a lo largo de las mediciones anteriores, se aprecian movimientos opuestos. En septiembre, el índice para hombres cayó 0,12 puntos, al tiempo que el índice femenino creció 0,12, alcanzando su máximo del periodo.
Las diferencias se manifiestan más claramente en cuanto a las emociones. El estrés fue reportado por el 52% de las mujeres y el 42% de los hombres. Se observan también variaciones en el dolor físico, la ira y la tristeza.
Reynoso ofrece una explicación a partir de otro marcador: “Tengo una hipótesis inductiva. Las mujeres nos reportaron una mayor cantidad de emociones negativas que los hombres”, explica. “Nos proponemos investigar qué factores pueden estar detrás de esas brechas entre el bienestar de hombres y mujeres”, añade.
La encuesta también indaga sobre cómo los participantes evalúan sus vidas en comparación con hace diez años y cómo anticipan su futuro en una década.
El 46% de los encuestados espera que su vida mejore dentro de diez años, mientras que un 18% considera que permanecerá igual y un 12% que será peor. Sorprendentemente, un 21% de los encuestados respondió que no sabe.
En comparación con el pasado, el 33% siente que está en mejor situación que hace diez años, un 35% considera que está peor y un 21% se siente similar. Esto nos revela una relación entre las expectativas futuras y el bienestar actual: “Las personas optimistas respecto al futuro tienen un mayor nivel de bienestar en comparación con aquellas que son pesimistas”, explica Reynoso.
Los resultados de septiembre reflejan esa estabilidad en el bienestar en Argentina, con 3,34 puntos sobre 5, prácticamente el mismo nivel que en meses previos. Sin embargo, como ya se mencionó, los sectores de mayores ingresos presentan valores superiores a los de quienes disponen de menos recursos; los boomers alcanzan un nivel más alto que las generaciones más jóvenes; y las diferentes regiones también exhiben contrastes, con 3,65 en el Sur, 3,61 en el NEA y 3,44 en el NOA, mientras que la Ciudad de Buenos Aires anota 2,93 y el Gran Buenos Aires 3,32. Ahí residen las diferencias.


















