Esta declaración resulta impactante, sobre todo considerando que McBride vivió de cerca los riesgos de las misiones orbitales. Su trayectoria estuvo ligada a la NASA durante varias décadas, participando del programa de transbordadores espaciales, una de las fases más relevantes en la exploración del espacio.
Para el astronauta, uno de los mayores retos no se limita al lanzamiento o a la operación de la nave, sino que implica la adaptación del organismo humano a un ambiente radicalmente diferente. La falta de gravedad altera el funcionamiento corporal, lo que lleva a los astronautas a someterse a intensos períodos de entrenamiento previo a cada misión.
McBride se convirtió en astronauta de la NASA en 1978, tras haber sido piloto en la Armada de Estados Unidos. En 1984, fue comandante de la misión STS-41G en el transbordador Challenger, que realizó una órbita alrededor de la Tierra. En total, pasó ocho días, cinco horas, 23 minutos y 33 segundos en el espacio, completando 133 vueltas alrededor del planeta.
A partir de su experiencia, estableció una curiosa comparación entre los peligros cotidianos y los de las misiones espaciales, reiterando que “es más arriesgado cruzar una avenida en hora pico que viajar en una nave espacial”. Esta reflexión resalta que cada misión resulta de una planificación minuciosa: cada paso, cada acción y cada posible contratiempo están diseñados en un entrenamiento exhaustivo que minimiza los riesgos y el margen de error.
McBride explicó que el mayor desafío físico durante un viaje al espacio es la adaptación a la ingravidez. “Lo más complejo es la adaptación que sufre el cuerpo para vivir sin gravedad”, explicó. Según detalló, esta falta de fuerza afecta los sentidos, sobre todo la audición y la vista, además de que la columna vertebral puede elongarse, lo que provoca un aumento temporal de altura de aproximadamente dos centímetros.
Asimismo, la preparación juega un papel fundamental. Una vez finalizada la universidad, pueden requerirse hasta diez años adicionales de formación. Los aspirantes deben sobresalir en campos como la ingeniería, la medicina o la aviación, y luego completar un entrenamiento específico para enfrentar los desafíos de una misión.
Después de su carrera como astronauta, McBride ocupó diferentes puestos relacionados con la NASA y las interfaces institucionales. También mantuvo su vínculo con la divulgación espacial, compartiendo su experiencia sobre la exploración del cosmos hasta su deceso en octubre de 2024.
Para él, el atractivo de su labor perduró hasta el final: “Es el mejor trabajo del mundo”, manifestando su satisfacción por la posibilidad de observar la Tierra desde el espacio y disfrutar de múltiples amaneceres en un mismo día.
En su opinión, alcanzar otro planeta no puede restringirse a el envío de una nave para un viaje de ida; la verdadera complejidad radica en desarrollar la capacidad de vivir fuera de la Tierra durante largos períodos. Por ello, al referirse a una eventual misión a Marte, McBride argumentó la necesidad de que la humanidad aprenda a adaptarse a condiciones completamente distintas.
“Si algún día queremos conquistar otro planeta, como podría ser Marte, tenemos que aprender a vivir fuera de la Tierra”, afirmó el astronauta. Este comentario indica una distinción esencial entre orbitar el planeta y establecerse en otro mundo, donde las condiciones ambientales, la distancia y las dificultades para recibir suministros demandarían una autodeterminación significativa.
McBride enfatizó que la preparación debe ser gradual, donde las vivencias en estaciones espaciales funcionen como un laboratorio para estudiar la respuesta del cuerpo humano y las tecnologías necesarias para sostener la vida más allá de la superficie terrestre.


















