El video sostiene que Messi modificó su juego cinco veces en dos décadas, una evolución que ayuda a explicar una longevidad sin precedentes en el fútbol de élite. El análisis táctico, publicado en el canal Pedro el Ingeniero junto con otros contenidos sobre estrategia, reconstruye cómo sus entrenadores, desde Frank Rijkaard hasta Lionel Scaloni, fueron reduciendo de manera progresiva sus obligaciones defensivas para reservar su energía para aquello que mejor sabe hacer: marcar goles y contribuir a las victorias de su equipo.
El recorrido comienza en 2007, cuando Messi jugaba en el Barcelona dirigido por Rijkaard. Era un extremo derecho explosivo, veloz y capaz de avanzar 40 o 50 metros mientras dejaba rivales atrás. El entrenador neerlandés ya había advertido algo que otros apenas empezaban a percibir: exigirle a la joven estrella que participara en la elaboración desde el centro del campo podía desgastarlo antes de tiempo. La solución fue ubicarlo en la banda derecha. Desde allí recibía abierto, avanzaba con la pelota y generaba desequilibrio sin sumar kilómetros innecesarios. En un equipo catalán que giraba alrededor de Ronaldinho y Samuel Eto’o, Messi era la pieza clave que debía llegar fresco al uno contra uno.
La transformación más profunda llegó en 2009. Pep Guardiola entendió que mantener a Messi pegado a la banda desaprovechaba buena parte de sus condiciones y empezó a utilizarlo como “falso nueve”. La decisión cambió tanto la carrera del argentino como el funcionamiento ofensivo del Barcelona. No se trataba solo de adelantarlo unos metros: Messi dejó de tener una posición fija y comenzó a moverse entre los mediocampistas y los defensores rivales. Cuando retrocedía para buscar la pelota, los centrales debían decidir si lo seguían y dejaban espacios a sus espaldas o se quedaban en su lugar y le permitían jugar con libertad. Cualquiera de las dos alternativas favorecía al argentino.
Pero, según destaca Sáez, la principal ventaja táctica del falso nueve era otra: le permitía a Messi caminar más y conservar energía. Ya no tenía que arrancar desde la banda ni presionar de manera sostenida en campo contrario. Podía observar, ubicarse y esperar el momento adecuado para intervenir. Xavi e Iniesta se ocupaban de sostener la circulación de la pelota, mientras los movimientos de sus compañeros abrían espacios. Así, Messi llegaba fresco a las jugadas decisivas.
Con Luis Enrique como entrenador desde 2014, el equipo sumó otra capa de sofisticación. La llegada de Neymar y Luis Suárez permitió formar la célebre MSN, pero el ajuste táctico más importante para la evolución de Messi fue la función de Iván Rakitić como apoyo defensivo. El mediocampista croata cubría de manera sistemática la banda derecha, lo que liberaba al argentino de la obligación de replegarse. Messi podía retroceder para participar en la elaboración, combinar por el centro y elegir cuándo acelerar, sin tener que compensar defensivamente en su sector. Suárez ofrecía una referencia en el área, Neymar desequilibraba por la izquierda y Messi conducía y definía sin cargar con un desgaste innecesario.
Esa estructura fue decisiva para ganar la Liga de Campeones en 2015 y abrió una nueva etapa. Messi ya no era solo el jugador que desarmaba defensas con sus gambetas, sino también quien decidía dónde y cuándo debía atacar el equipo.
Ernesto Valverde asumió en 2017, en un Barcelona que había perdido a Neymar y atravesaba cambios importantes. Su respuesta fue implementar un esquema 4-4-2 que protegió todavía más a Messi: el argentino quedó eximido incluso de replegarse en distancias cortas, una participación mínima en la presión dentro del propio campo que se le había pedido en etapas anteriores. Se convirtió en el organizador absoluto del equipo, con libertad para intervenir en zonas interiores, detrás de los delanteros, y administrar sus esfuerzos según el desarrollo del partido.
En esos años se hizo más habitual, y también más incomprendida, la imagen del “Messi que camina”. Lo que podía parecer desconexión era otra forma de dominar el juego. Observaba los movimientos de sus rivales, encontraba espacios que otros no veían y aparecía en el momento preciso. Su influencia también se manifestaba en la amenaza constante que representaba y en las decisiones que obligaba a tomar a las defensas.
Lionel Scaloni completó el proceso y llevó el concepto aún más lejos. El entrenador de la selección argentina entendió que el equipo debía organizarse alrededor de las virtudes de Messi y convirtió ese principio en la base del funcionamiento colectivo: reducir al máximo su carga física y sus tareas defensivas. La elección del mediocampo fue fundamental. Rodrigo De Paul, Enzo Fernández y Alexis Mac Allister asumieron el trabajo de recuperación, los recorridos intensos y la presión sostenida: tres jugadores encargados de correr lo que Messi ya no necesitaba correr.
Esa liberación le permitió caminar, observar el campo y leer los espacios sin acumular desgaste. Mientras sus compañeros sostenían la estructura, Messi seguía los movimientos del rival y reservaba su energía para los momentos importantes. Julián Álvarez aportó movilidad, presión y profundidad. El capitán recibía entre líneas, encontraba espacios y aceleraba solo cuando la jugada lo exigía. El sistema de Scaloni fue la conclusión lógica del camino que Guardiola había iniciado en 2009: todo el equipo funcionaba como apoyo para que Messi se concentrara en aquello que nadie más podía hacer.
En el Mundial de Qatar 2022, Messi anotó siete goles, dio tres asistencias y fue elegido mejor jugador del torneo. El pase a Nahuel Molina contra Países Bajos, la asistencia a Julián Álvarez frente a Croacia y sus intervenciones en la final contra Francia mostraron a un futbolista capaz de elegir con precisión cuándo marcar la diferencia. A los 35 años, ya no necesitaba mantener durante los 90 minutos el despliegue físico de su juventud. Scaloni había armado un equipo que compensaba sus menores esfuerzos defensivos y aprovechaba al máximo su lectura del juego.
La fórmula se repitió en Canadá, México y Estados Unidos 2026. A los 39 años, el crack convirtió ocho goles y dio cuatro asistencias para llevar a Argentina a otra final mundialista. Una vez más, las cifras hablaron por sí solas. El argumento central del análisis de Sáez es que Messi no cambió su esencia, sino que encontró entrenadores capaces de adaptarse a ella. Rijkaard aprovechó su velocidad; Guardiola descubrió el potencial del falso nueve; Luis Enrique equilibró su creatividad con su capacidad goleadora; Valverde le confió la organización del equipo, y Scaloni terminó de construir un funcionamiento colectivo a la medida de su madurez.


















