Las cataratas se producen cuando el cristalino, la lente natural del ojo que permite enfocar las imágenes, pierde transparencia. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), esta afección está relacionada con problemas de visión a distancia o ceguera en aproximadamente 94 millones de personas en todo el mundo, dentro de los casos de deterioro visual que podrían haberse evitado o que todavía no recibieron tratamiento.
El cristalino se encuentra detrás del iris y tiene la función de dirigir la luz hacia la retina. Con el paso del tiempo, las proteínas que lo forman pueden agruparse y generar zonas opacas que dificultan el paso de la luz. Por eso, a diferencia de una creencia frecuente, la catarata no consiste en una película que se forma sobre la superficie del ojo, sino en una opacidad que se desarrolla dentro del cristalino.
La evolución puede extenderse durante meses o años. Algunas personas experimentan una disminución progresiva de la visión, mientras que otras detectan primero dificultades en determinadas circunstancias, como al manejar de noche o exponerse a luces intensas. Entre los signos más habituales también aparecen los colores menos intensos y la necesidad de modificar con mayor frecuencia la graduación de anteojos o lentes de contacto.
La visión nocturna puede verse particularmente afectada. Algunas cataratas dispersan la luz y hacen más difícil distinguir detalles durante la noche, incluso cuando la visión durante el día todavía parece adecuada. También pueden aparecer halos alrededor de las fuentes luminosas.
La enfermedad puede presentarse en ambos ojos, pero no necesariamente al mismo tiempo ni con la misma intensidad. También puede afectar un solo ojo después de un traumatismo. Una diferencia marcada en la capacidad visual entre ambos ojos requiere una evaluación médica.
El envejecimiento constituye el principal factor asociado con las cataratas, debido a los cambios que experimentan las proteínas del cristalino. Sin embargo, existen otros factores de riesgo. Entre ellos se encuentran los antecedentes familiares, la diabetes, el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol, la exposición prolongada a la radiación ultravioleta, las lesiones oculares, el uso prolongado de corticoides y determinadas cirugías previas. Además, existen cataratas congénitas, que pueden estar presentes desde el nacimiento o desarrollarse durante los primeros años de vida.
El cuidado de los ojos incluye medidas como utilizar anteojos de sol con protección contra la radiación ultravioleta durante las actividades al aire libre. Esta protección no garantiza evitar la aparición de cataratas, pero permite reducir la exposición a uno de los factores asociados con su desarrollo. También forman parte de las recomendaciones generales evitar el tabaco, controlar enfermedades como la diabetes y mantener una alimentación con frutas y verduras.
Tener una catarata tampoco significa que sea necesario operarse de inmediato. Cuando los cambios visuales todavía permiten realizar las actividades cotidianas sin dificultades importantes, el seguimiento oftalmológico y la actualización de la graduación pueden ser suficientes.
La cirugía se analiza cuando la pérdida de transparencia del cristalino comienza a interferir con actividades como leer, trabajar, reconocer rostros, mirar televisión, conducir o realizar determinados pasatiempos. También puede considerarse cuando la catarata dificulta el control o tratamiento de otros problemas oculares.
El procedimiento consiste en retirar el cristalino que perdió transparencia y sustituirlo por una lente intraocular artificial. Habitualmente se realiza con anestesia local y mediante una pequeña incisión. Es una intervención frecuente y, en general, segura, aunque el resultado también depende del estado de otras estructuras del ojo, como la retina, la córnea y el nervio óptico.
La recuperación no es igual para todas las personas. Algunas mejoras pueden comenzar a percibirse durante los primeros días, mientras que el retorno a actividades como conducir, correr o levantar objetos debe ajustarse a la evolución de cada paciente y a las indicaciones del cirujano.
No existe una medida que garantice prevenir completamente las cataratas. Los controles visuales periódicos permiten detectar cambios que pueden pasar inadvertidos y determinar su evolución. Ante una alteración de la visión, el diagnóstico requiere un examen oftalmológico, ya que los síntomas por sí solos no permiten establecer la causa. La decisión de realizar una cirugía dependerá, entre otros factores, de cuánto afectan los cambios visuales las actividades y la vida cotidiana de cada persona.


















