Aunque ambas disciplinas suelen asociarse con objetivos estéticos, sus beneficios también están relacionados con la capacidad de mantener la estabilidad corporal y realizar movimientos de manera controlada. Esta función adquiere especial importancia con el paso de los años, cuando la masa muscular y la densidad ósea tienden a disminuir y conservar la autonomía se vuelve una prioridad.
El core no está formado únicamente por los músculos abdominales visibles. También comprende músculos profundos que rodean y estabilizan la columna vertebral, junto con el diafragma y el suelo pélvico. Este sistema trabaja de manera coordinada para mantener una postura adecuada, distribuir las cargas durante el movimiento y evitar desplazamientos innecesarios del tronco.
Una mayor estabilidad puede ayudar a reducir el riesgo de molestias y lesiones durante las actividades diarias. Además, la coordinación entre la respiración y la musculatura profunda puede contribuir al manejo de ciertos problemas, como la incontinencia, aunque los resultados dependen de cada persona y de la causa de los síntomas.
En los adultos mayores, desarrollar estas capacidades forma parte de una estrategia para preservar la independencia. La fuerza, el equilibrio y la movilidad permiten realizar tareas habituales con menos dificultades y complementan otros componentes de la actividad física, como los ejercicios aeróbicos y el entrenamiento de fuerza.
El yoga combina posturas físicas, técnicas de respiración y concentración. Aunque suele relacionarse con posiciones conocidas, como el perro boca abajo o el puente, su práctica también requiere control corporal y capacidad para mantener la atención durante períodos prolongados.
Muchas posturas se sostienen durante varios segundos o ciclos respiratorios, lo que exige contracciones isométricas. En este tipo de trabajo, los músculos generan tensión para mantener una posición sin experimentar grandes cambios de longitud. Esta exigencia puede mejorar la resistencia muscular y la capacidad de sostener el tronco estable durante más tiempo.
Las secuencias de yoga también incluyen ejercicios de equilibrio, cambios de apoyo y transferencias del peso corporal. Estos movimientos obligan a la musculatura del tronco a adaptarse constantemente para mantener la estabilidad. Por eso, la disciplina puede resultar útil para quienes buscan mejorar la flexibilidad y complementar actividades como caminar, correr o andar en bicicleta.
El pilates, por su parte, fue desarrollado a comienzos del siglo XX por Joseph Pilates. El método se caracteriza por combinar respiración, control del movimiento y activación de la musculatura central, con ejercicios que trabajan la coordinación entre el abdomen, la pelvis y la columna vertebral.
A diferencia de muchas secuencias tradicionales de yoga, las clases de pilates suelen incorporar movimientos repetidos y controlados, con una atención especial a la precisión de cada ejercicio. La progresión de las posturas y el trabajo coordinado de diferentes segmentos de la columna permiten ejercitar el tronco desde distintos ángulos.
Uno de los ejercicios característicos es el roll-up, que consiste en elevar el tronco desde el suelo de manera gradual, articulando la columna y controlando el movimiento con la musculatura abdominal. Su ejecución requiere coordinación entre el abdomen y la pelvis, además de control durante el descenso.
Otro ejercicio conocido es el Hundred, en el que se mantiene una posición abdominal mientras los brazos realizan movimientos rítmicos. La combinación de contracción sostenida y movimiento controlado aumenta la exigencia muscular y requiere mantener la coordinación entre la respiración y la postura.
Las dos disciplinas pueden fortalecer el core, pero el pilates suele ofrecer un enfoque más específico cuando el objetivo principal es trabajar la estabilidad del tronco. Sus ejercicios se organizan habitualmente alrededor del control de la columna y de la activación de los músculos que sostienen el centro corporal.
En el yoga, en cambio, el nivel de exigencia para el abdomen depende en gran medida del estilo practicado y de las posturas incluidas en cada clase. Algunas variantes priorizan la flexibilidad y la relajación, mientras que otras exigen mayor fuerza, resistencia y equilibrio. Esta diversidad permite adaptar la práctica a diferentes objetivos, aunque no todas las sesiones se concentran de la misma manera en la musculatura profunda.
La elección entre yoga y pilates también depende de la posibilidad de mantener una práctica regular. La constancia resulta fundamental para mejorar la fuerza y el control corporal, por lo que las preferencias personales, la disponibilidad de clases y la experiencia previa pueden influir en la decisión.
En cualquier caso, ninguna de las dos disciplinas necesita reemplazar al resto de la actividad física. Las recomendaciones generales para adultos contemplan al menos 150 minutos semanales de ejercicio aeróbico moderado o 75 minutos de actividad intensa, además de dos o más días de ejercicios de fortalecimiento muscular.
Para las personas mayores de 65 años, también se recomienda incorporar actividades que ayuden a conservar el equilibrio. Tanto el yoga como el pilates pueden contribuir a ese objetivo y favorecer la movilidad y el control postural.
En definitiva, el pilates puede ser una opción más directa para quienes buscan concentrarse en el fortalecimiento del core, mientras que el yoga ofrece una combinación de trabajo muscular, flexibilidad y equilibrio. Ambas prácticas pueden complementarse dentro de una rutina integral, siempre que se adapten a las capacidades y necesidades de cada persona.


















