Sin embargo, hay excepciones. Se permitirá el uso de dispositivos únicamente por motivos de salud, accesibilidad o cuando un docente lo sugiera como recurso pedagógico complementario. Fuera de estas circunstancias, los teléfonos deben mantenerse en las mochilas y silenciados.
En un comunicado dirigido a su comunidad, la institución expresó su objetivo de prevenir la disminución de la atención y la participación estudiantil, además de preservar el aula y la escuela como espacios de socialización. Algunos de los problemas vinculados al uso de dispositivos incluyen interrupciones frecuentes por notificaciones, disminución de la concentración en el docente, aumento de distracciones, reducción de interacciones durante los recreos y la exposición a conflictos en entornos digitales.
Para respaldar esta decisión, el Nacional de Buenos Aires mencionó los hallazgos del informe PISA 2022 de la OCDE, que revelan que Argentina posee los índices más altos de distracción por tecnología digital entre los sistemas educativos analizados: el 54% de los estudiantes argentinos reconoce que se distrae en clase debido al celular, comparado con un promedio del 30% en otros países de la OCDE.
La interrogante que se plantea es por qué el Nacional ha tomado esta medida ahora, cuando en la Ciudad de Buenos Aires la restricción se implementa desde hace dos años. La respuesta reside en su estatus administrativo. Desde 1911, el colegio de la calle Bolívar es gestionado por la Universidad de Buenos Aires, una institución nacional autónoma. Por lo tanto, las directrices del Ministerio de Educación porteño, que afectan a las escuelas de la jurisdicción, no se aplican aquí, y el colegio necesitaba establecer su propia normativa.
En la Ciudad, la reglamentación comenzó en agosto de 2024. Aquella resolución prohibió el uso de celulares en nivel inicial y primaria, incluso durante los recreos, y en secundaria estipuló que los teléfonos debían estar guardados, salvo en actividades pedagógicas planificadas. En marzo de 2026, el gobierno porteño endureció la norma prohibiendo por completo el uso de celulares durante las clases en los colegios secundarios, tanto para estudiantes como para docentes, mientras que quedaba a criterio de cada institución decidir sobre su uso en recreos.
El Nacional también reconoce en su comunicado las experiencias previas de la Ciudad. Cita una evaluación que indica que el 34,8% de los docentes notó una mejora significativa en la atención en clase después de la implementación de la reglamentación, el 34,4% registró menor número de interrupciones y el 28,2% observó un avance en los logros académicos. Desde la perspectiva de los estudiantes, dos de cada tres afirmaron que conversan más con sus compañeros.
La Universidad de Buenos Aires también gestiona otros establecimientos secundarios, como la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini y el Instituto Libre de Segunda Enseñanza (ILSE). Hasta el momento, no se ha definido si adoptarán una política similar a la del Nacional, dado que ninguno de ellos está obligado a seguir la normativa porteña, por lo que cualquier decisión dependerá de sus respectivas autoridades.
Este debate sobre la utilización de celulares en las escuelas se enmarca en un contexto que suscita inquietud entre especialistas y autoridades. Un estudio del Ministerio de Educación porteño y del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) reveló que los adolescentes de la Ciudad dedican un promedio de 6 horas y 10 minutos diarios al uso del celular, lo que equivale a 92 días al año.
El uso de estos dispositivos aumenta con la edad: los estudiantes de cuarto año registraron un promedio de 6 horas y 35 minutos diarios, lo que representa 51 minutos más que los de primer año. Además, el análisis indicó que aproximadamente el 40% de los alumnos presenta síntomas de ansiedad, depresión o somnolencia, y aquellos que mostraron indicadores de depresión pasan, en promedio, 49 minutos más al día frente a sus celulares.
A pesar de estas conclusiones, los investigadores advirtieron que la relación no es necesariamente causal, ya que el estudio no permite determinar si el uso excesivo del celular genera un deterioro emocional o si, por el contrario, quienes se sienten mal tienden a usarlo más. No obstante, la información presentada alimenta el debate que actualmente también llega a las aulas del colegio más emblemático del país.


















