A pesar del incremento en los diagnósticos en comparación con hace cinco décadas —ya sea por un verdadero aumento en los casos, mejores métodos de detección o cambios en la definición de cáncer— hay noticias alentadoras: la mortalidad relacionada con esta enfermedad ha disminuido. Desde 1999, las tasas de mortalidad ajustadas por edad han caído significativamente, pasando de 201 a 142 por cada 100.000 personas en 2023.
Para explicar cómo pueden coexistir tanto un aumento en los diagnósticos como una mejora en el pronóstico de quienes son diagnosticados, es útil entender primero qué es el cáncer, cómo se desarrolla y cómo los tratamientos actuales han mejorado los resultados para los pacientes.
El cáncer se caracteriza por el crecimiento descontrolado de células en el cuerpo. Aunque existen diversas causas, todas ellas están relacionadas con errores en la información genética de las células, es decir, en el ADN.
Estos errores pueden surgir aleatoriamente durante la replicación celular, generando células que crecen más rápido que las demás. Además, pueden ser provocados por carcinógenos, como la radiación ultravioleta o ciertos compuestos químicos del tabaco.
En algunos casos, el cáncer puede aparecer cuando el sistema de “autodestrucción” de la célula falla. Normalmente, el organismo reconoce cuando las células crecen de forma errónea y envía señales químicas para que se detengan o se autodestroyan. Sin embargo, los errores pueden interferir con estas señales, permitiendo que las células cancersas ignoren las instrucciones del cuerpo.
La mayoría de los cambios genéticos que causan el crecimiento celular descontrolado son simplemente consecuencia del azar. A medida que envejecemos, nuestras células se dividen más, aumentando la probabilidad de que se produzcan errores durante la replicación y, por ende, que se desarrolle cáncer. Por esta razón, la mayoría de los diagnósticos ocurren en personas mayores.
Adicionalmente, hasta un 10% de los cánceres están vinculados a anomalías genéticas hereditarias, como BRCA1 y BRCA2, asociadas a cánceres de mama, ovario y próstata, entre otros.
Asimismo, ciertos virus son responsables de un porcentaje significativo de cánceres, se estima que entre el 13 y el 20% de los casos se deben a virus como el de papiloma humano (VPH) o el virus de Epstein-Barr, así como bacterias como Helicobacter pylori.
Otros factores externos que pueden dañar el ADN celular e inducir cáncer incluyen el tabaquismo, el consumo de alcohol y la exposición a radiación ultravioleta, así como a sustancias químicas industriales, radiación nuclear o tratamientos de quimioterapia y radioterapia para otros cánceres.
Una vez que se desarrolla, la célula cancerosa emplea diversas estrategias para sobrevivir, como estimular la formación de vasos sanguíneos hacia los tumores para obtener oxígeno y nutrientes, ocultarse del sistema inmunológico y, en algunos casos, incluso engañar a este sistema para que la ayude en su crecimiento.
El aumento en los diagnósticos de cáncer también se relaciona con el incremento en la esperanza de vida; a medida que las muertes por enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares y otras dolencias han disminuido, la probabilidad de que se acumulen mutaciones genéticas en nuestras células ha crecido.
Además, la definición de cáncer ha evolucionado con el tiempo. Por ejemplo, un tipo de cáncer de médula ósea, conocido como síndrome mielodisplásico, fue formalmente reconocido como tal hace aproximadamente 25 años, lo que llevó a un aumento inmediato en el número de diagnósticos.
La mejora en las técnicas de detección también ha contribuido al aumento de los diagnósticos. Los estudios radiológicos ahora son más precisos, lo que facilita la identificación de anomalías que pueden conducir a un diagnóstico de cáncer. Además, los análisis de laboratorio han avanzado, permitiendo detectar marcadores en sangre que indican la presencia de cáncer incluso antes de que se manifieste clínicamente.
Los programas de detección temprana han ayudado a identificar más tumores en etapas iniciales, incrementando las posibilidades de curación. Aunque ciertos tipos de cáncer, como el colorrectal en personas menores de 50 años, han demostrado un aumento en sus tasas, también es cierto que otros, como el cáncer colorrectal en mayores de 50, han visto descensos en sus cifras.
En términos de tratamientos, la situación es optimista: hoy en día, las personas sobreviven más tiempo que nunca tras un diagnóstico de cáncer. Se estima que hay más de 18 millones de sobrevivientes en Estados Unidos, cifra que podría alcanzar los 26 millones para 2040.
Aproximadamente, el 70% de los sobrevivientes vive cinco años o más después de su diagnóstico, mientras que alrededor de la mitad lo hace por diez años o más, y tres cuartas partes del total son mayores de 60 años.
La mejora en las tasas de supervivencia se debe a dos factores principales: la detección más temprana y los avances terapéuticos. La quimioterapia tradicional actúa dañando las células durante la división celular, ya que las cancerosas tienden a multiplicarse rápidamente. Otros tratamientos, conocidos como inhibidores de la angiogénesis, impiden el crecimiento de vasos sanguíneos que alimentan los tumores.
Sin embargo, estos tratamientos no son siempre específicos y pueden afectar a las células sanas. En las últimas décadas, se han desarrollado medicamentos dirigidos a mutaciones genéticas específicas presentes en células cancerosas, como las alteraciones HER2 o ALK.
Además, la última década ha visto una revolución en la inmunoterapia, que utiliza medicamentos para identificar y eliminar células cancerosas entrenando al sistema inmunológico del paciente. Estas innovaciones han mejorado significativamente las tasas de remisión y supervivencia en diversos tipos de cáncer.
Así, aunque pueda parecer que hay más cáncer que antes, también existe más esperanza: se detecta antes, se trata de manera más eficaz y, en muchos casos, puede convertirse en una condición crónica en lugar de una enfermedad letal.
Mikkael A. Sekeres, médico y magíster en Ciencias, es jefe de la División de Hematología y profesor de Medicina en el Sylvester Comprehensive Cancer Center de la Universidad de Miami. Es autor de obras como “Cuando la sangre falla: lecciones de vida desde la leucemia” y “Los medicamentos y la FDA: seguridad, eficacia y la confianza pública”.


















